El proyecto
En el contexto de la pandemia mundial, y luego de una turbulenta separación conyugal, el realizador reactiva virtualmente y de manera inesperada un vínculo con una mujer con quién había mantenido una intensa relación amorosa 20 años atrás.
A 1550 km de distancia (entre las ciudades de Bariloche y Rosario), progresivamente la comunicación se vuelve más frecuente y más profunda, revelando que un gran sentimiento de amor perdura a pesar de la distancia y el paso del tiempo.
Con la promesa de un encuentro real, y remedando un viaje que su padre hizo de Rosario a Córdoba como una prueba de amor hacia quien más tarde seria su esposa, el realizador decide emprender un viaje a pie no sólo para reencontrase con ese viejo amor sino también consigo mismo y volver a filmar una película con esa experiencia luego de 4 años de inactividad.
La película
Caminar es una forma de evadirse de la modernidad. Huir, por lo menos temporalmente, de
una forma de vida vertiginosa y voraz sin tiempo humano.
Ese gesto tan trivial y tan humano, el de andar, restituye el feliz sentimiento de una existencia más plena y elemental. Especialmente del cuerpo, el instrumento primario del conocimiento del mundo, que los entornos de la era digital han ido relegando.
Caminar, en el contexto actual (pandémico y sedentario) sería una forma de nostalgia o de resistencia. Mas allá o más acá de las motivaciones particulares que impulsan a emprender el camino, el viaje en sí, al no ser una actividad deportiva, mucho menos religiosa, ni exploratoria, ni turística, y cuyo Jin (como todo viaje) es incierto, podría calificarse como una actividad inútil.
Para quien no haya experimentado nunca una viaje de estas características, vería absurdo y aberrante el hecho de que el caminante se someta voluntariamente a la esforzada deriva de la
marcha. Porque el urbanita, acostumbrado a la cultura del confort y el utilitarismo, interpreta en términos de privación lo que para el caminante es una liberación.
¿Pero, de qué se libera el caminante?
Al poner en suspenso temporalmente el sometimiento a las rutinas colectivas de nuestras sociedades (exigencias de rendimiento, urgencia y disponibilidad absoluta), la marcha restablece una escala de valores más acorde a lo humano, propiciando el desarrollo de una filosofía de la existencia basada en una serie de pequeñas cosas y un reencantamiento del tiempo y el espacio.